
Su personalidad se resquebrajaba, ya no sabía si era
Nietzsche o si era Dionisio, el dios griego de la embriaguez y del placer, “Dionisio
contra el crucificado”, como escribía en cartas de esos días a sus amigos.
¿Habrá sabido, en esos últimos momentos, que su fin estaba cerca? Que una
oscuridad estaba por tenderle la mano, una oscuridad que lo dejaría tranquilo y
en paz durante diez años, hasta que cerrara sus ojos por última vez.
El, que puso en boca de Zaratustra sus palabras más poéticas
y enigmáticas, que declaró que dios había muerto y que llegaría el superhombre
que impondría sus nuevos valores, todavía tendría fuerza para un acto más antes
del derrumbe, de la locura, del silencio en el que se sumiría. El, que proclamó
que la compasión era una debilidad, que detestaba al cristianismo por tomar
partido por todo lo débil y lo enfermo, que veía en la democracia otra forma
más de decadencia y de nihilismo, que veía con preocupación al nacionalismo,
socialismo y otros ismos, que se sentía emparentado con Alejandro Magno, Julio
Cesar y Napoleón, el, justo el, usaría sus últimas gotas de cordura y sus
últimos impulsos consientes en un acto de amor, de compasión…
Porque ese día en las calles de Turín, un cochero decidió
descargar su furia, azotando sin piedad a su caballo. Nietzsche se encontró con
esta imagen y actuó: Abrazó, entre gritos y sollozos, al caballo azotado, y
luego, cayó al suelo. Y aunque no fue
instantánea, fue sufriendo una parálisis progresiva que lo fue dejando mudo,
quieto, en paz, una paz que nunca tuvo cuando estuvo consiente.
En ningún relato de este hecho ni en las biografías de
Nietzsche se contó que fue de la vida del cochero y del caballo. Tampoco sabemos si Nietzsche volvió
a pensar en ese hecho, si fue un acto de locura o si fue un acto de amor ante
la crueldad del hombre. Pero el, como su zarathustra, que también tuvo una
tentación al escuchar el grito de un hombre, también tuvo su última tentación, su última compasión, un abrazo a un ser vivo
que sufría, un abrazo, en definitiva, a la vida, aun con todo lo terrible que
ella también brinda.
Lo que siempre me llamó la atención de esta anécdota del caballo, que leí en varias biografías de Nietzsche, es el paralelismo que guarda con un pasaje de la novela de Dostoyevski "Crimen y castigo" en el que Raskolnikov abraza, también, a un caballo que es azotado hasta la muerte. Teniendo en cuenta la profundidad psicológica de los personajes de Dostoyevski, si hay una respuesta a la actitud de Nietzsche puede que esa novela tenga algo para decir.
ResponderEliminarDicho sea de paso, hace poco revisité la película "Andrei Rubliov", del soviético Tarkovsky, y me volví a estremecer con la escena del caballo que muere. Muchos condenaron al director por el acto de crueldad que tuvo para con ese animal, al que hizo mierda en serio para filmar la película, pero es de notarse que, al igual que en las últimas palabras de tu post, los caballos son en esa película un símbolo de la vida... "aun con todo lo terrible que ella brinda".
Supongo que es difícil acercarse a los pensamientos de este Grande, pero, supongo que como todos, esperaba la batalla de cada día, todos y cada uno, preparándose para el final, pero luchando por el gran amor de todo ser humano (aunque lo nieguen): la vida.
ResponderEliminarUn beso ;)
Porque Nietzsche amaba la vida, y nosostros a veces la matamos
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